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Partimos desde Marrakech para dirigirnos a Essaouira, unos 78 kilometros al oeste, tres horas de trayecto, un servicio que contratamos en la agencia de autobuses Supratours, por 140 dirhams (14 euros) ida y vuelta; cada maleta supone un cargo extra de 10 dirhams (1 euro).

Essaouira, es uno de los lugares más visitados por los viajeros que parten de Marrakech, por lo que se recomienda reservar plaza como mínimo con un día de antelación.

Una ciudad tranquila bañada por el océano atlántico y peinada por los vientos alisios, paredes blancas, murallas ocres, barcas azules y cientos de gaviotas volando cautivan al viajero.

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Ésta ciudad fundada en 1764 por el sultán Sidi Mohamed Ben Abdellah, presume de una limpia y organizada medina que nos da la bienvenida, nos aventura a adentrarnos por sus calles y descubrir los infinitos comercios que ocupan las calles más históricas de éste lugar tan pintoresco.

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Uno de los rincones más característicos de Essaouira, es el puerto, de gran belleza, y lleno de vida.

Es aquí donde comienza nuestra visita, sin duda, uno de esos lugares en el que la cámara pide paso, un punto donde podemos descubrir la esencia del lugar y las costumbres de quienes lo habitan.

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Una larga muralla blanca invita a asomarse al océano atlántico que baña ésta parte de la costa formada por arena y enormes rocas, golpeadas día a día por la fuerza del mar.

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Las gaviotas posan en éste muro que recorremos hasta llegar a una skala decorada con cañones que reflejan la historia de la ciudad, bajo la skala descansan gran cantidad de barcas pintadas de azul, color que utilizan sabiamente para engañar a las sardinas.

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Muy cerca, puestos de comida exhiben la pesca del día, un fresco escaparate destinado especialmente al turista que por un módico precio le cocinarán el pescado deseado a la plancha.

Cruzamos la muralla de la skala por un túnel para acceder a la zona profunda del puerto, el olor a pescado abunda en la zona, impacta adentrarse por éstos caminos y ver como los locales se enfrentan a su día a día, muchísimos puestos de pescado fresco a lo largo del camino, ésta vez, no dirigido al turista sino a la población local.

Asombra la variedad marina expuesta en el mercado local.

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Ningún comerciante te caerá encima para que le compres pescado, pudimos ver como una barca atracaba en el puerto con una pesca que llamaba la atención a todos los paseantes, dos tiburones y dos peces espada era el preciado tesoro marino, cuatro personas tuvieron que valerse para realizar la carga a un carro con ruedas con el fin de poder transportarlo por las calles del puerto, cuando vemos éstas cosas, nos damos cuenta que Essaouira vive principalmente de la pesca.

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Desde el muelle tenemos la posibilidad de ascender a un paseo en el que figuran unas puertas de madera de color azul cielo en una base de cemento blanco, se tratan de taquillas para los pescadores, pero podemos acceder a la zona y tendremos una privilegiada vista panorámica de 360º, podremos ver a los locales en plena faena, por otro lado, sorprende la cercanía a las islas Purpúreas, donde yacen las ruinas de la fortificación portuguesa de Mogador, antiguamente frecuentada por fenicios y romanos que extraían la púrpura de un molusco local.

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El recorrido por la medina se hace agradable y sus calles son fácil de memorizar; especias, artesanías y prendas de ropa juegan un papel importante en éstas calles empedradas, abundan lugares donde poder comer, fue sorprendente encontrar varios puestos de crepes con nutella por 15 dirhams (1,50 €), aunque merece especial mención, la dulcería Dris, toda una institución, no nos podíamos ir sin probar sus deliciosos dulces.

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En un extremo de la medina, golpeado por las olas del océano atlántico, cerca de los talleres de madera, encontramos otra skala, ésta más amplia y de entrada gratuita, llegada la tarde, muchos se concentran en éste punto para contemplar un atardecer memorable.

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Fotografía y texto: David Azurmendi

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